Venas, que humor a tanto fuego han dado,
Medulas, que han gloriosamente ardido,
Su cuerpo dejará, no su cuidado;
Serán ceniza, mas tendrá sentido;
Polvo serán, mas polvo enamorado. (Francisco de Quevedo)
Vengo de Torrent. He comido en familia. Después, como otros años, nos hemos acercado al cementerio. Hemos rezado delante de los nichos de mis abuelos y de algún que otro amigo de la familia. Como en otras ocasiones me he apartado de ellos unos momentos para acercarme al lugar donde reposan los restos de Paco Medina, amigo de la infancia y del alma; después de tantos años juntos primero nos separaron las ciencias y las letras, luego la Universidad (él, Informática; yo, Derecho) y al final, su muerte un gélido día de enero de 1986. Las comunicaciones de Torrent con la Politécnica eran pésimas; todos los días marchaba con una “vespino” como la mía hasta el día en que una camioneta se lo llevó por delante. Me he acercado ante las tumbas de D. José María y de Dña. Rosario, mis grandes maestros de 2º a 6º de E.G.B. en aquel entonces Colegio Nacional (ahora, Público) del Molino. Ellos me hicieron apasionarme por la lectura, por el estudio, por el trabajo bien hecho. Siempre lo hago para rezar por ellos, por todos, y con ellos, y con todos, pero también para darles las gracias y dar gracias a Dios porque mucho de lo que soy se lo debo a todos ellos.
Todos ellos, ciudadanos de un mundo, que, aunque no me guste reconocerlo, también tarde o temprano será el mío. Allí, antes o después, irán a parar también mis huesos: a aquel lugar sagrado junto al pueblo de los míos. ¡Cómo me ata mi tierra!
De camino a Burjassot me han venido a la mente esos versos de Quevedo que hace ya muchos años me hicieron aprender de memoria: sólo recordaba los últimos seis versos de aquel soneto y reconozco que con alguna palabra me he equivocado. Ahora lo he podido comprobar.
También un día seré polvo,… mas polvo enamorado.
Exspecto resurrectionem mortuorum et vitam venturi saeculi. Amen.





